Las ferias libres actuales, esos espacios de comercio que diariamente irrumpen las calles de la ciudad, son para Gabriel Salazar (2003), gestos residuales de soberanía popular. Contrario a lo que primera vista parecen personajes y anécdotas aisladas, emerge una muchedumbre articulada: feriantes, vendedores ambulantes, cuidadores de autos, cantantes y actores callejeros, cartoneros y otros, parecen arreglarse la vida en los márgenes de la economía urbana. La feria surge entonces, como un proyecto de supervivencia popular que va apropiándose, en medida propia, de la ciudad.

Podemos aventurarnos a decir, que las ferias libres reivindican el espacio público por excelencia: el ágora griego o el foro romano, lugares primigenios de poder colectivo y deliberativo. La tensa coexistencia entre el vigilar y resistir, entre la “supra-soberanía” –primero imperial y luego nacional- y la soberanía popular, terminó en el debilitamiento progresivo de ésta última, desmembrándose el antiguo ágora. El Estado moderno así, comenzó a atribuir poder y legitimidad al Ejército, a la Iglesia y al Mercado “mundial”. En nuestro país particularmente, este proceso de destrucción progresiva de la soberanía popular, se inició con la Corona Imperial y finalizó con el Estado portaliano, dando por resultado cambios radicales en la organización del espacio público y por supuesto, en la manera de configurarse el espacio urbano.

Sin embargo, la pobreza ha sido la causa de la re-ocupación del espacio público. El comercio informal ha sido para la ciudadanía pobre, la válvula de escape para las crisis de empleo asalariado en Chile. El comercio popular de “abastos”, terminó siendo reconocido como una actividad ciudadana legítima, aunque siempre supervisada por el Municipio y/o Estado. Las antiguas “cañadas” reaparecieron y se instalaron en calles y plazoletas para abastecer a la ciudad y llenarla de carretones y carretelas y luego, de camiones y camionetas.

En las actuales ferias, desaparece la figura de la “chingana” (del quechua, “bocas o socavones del cerro donde es posible esconderse o desaparecer”) y el espíritu de fiesta que caracterizó a las ramadas. Pero no por ello, se circunscriben solamente al abasto de lo indispensable para la subsistencia cotidiana; proporcionan no sólo un empleo de “recambio”, sino también la supervivencia de la cultura comercial, una suerte de identidad social que respeta las regulaciones del municipio, no desafía la seriedad funcional del espacio público del Estado y admite en casos, la supervisión policial, pero dejando lugar en ella, al diálogo ciudadano.

Recuperan de manera parcial, a través del comercio minorista legítimo, al antiguo diálogo abierto griego. Es común que los “ferianos/as”, trabajen como familia, con fuerte espíritu comunitario: heredan por un lado, la ocupación del “comercio” y a su vez, continúan con la asociación entre familias o generaciones.

Indudablemente que la venta callejera y el trabajo en familia reducen los costos al mínimo (no se pagan impuestos, ni luz, ni agua, ni local a veces), convirtiéndose entonces en una estrategia de supervivencia exitosa ante la escasez. Esta eficiencia se entiende como un logro personal y familiar, que permite echar raíces en una identidad social satisfactoria, solidaria, protectora. Es lo que explica que el comercio ambulante callejero haya perdurado en el tiempo: “es capaz de forjar una identidad, un trabajo y una forma de vida que no dependen tanto del sistema, ni del Estado, ni de los patrones, ni de la institucionalidad (...) sino del esfuerzo y la inventiva personal y familiar, es decir, del “capital social” subyacente entre los pobres que se activa precisamente cuando es necesario echar mano a “todos” los miembros y recursos de la familia para escapar del hambre, la pobreza y también la muerte” (Salazar, 2003: 92).

Añade Salazar, que el comercio callejero debe su permanencia también a la relación flexible, libre y dialogante con el flujo callejero ciudadano que tiene como base, pequeñas cantidades de dinero y transacciones fáciles que definen un tono relajado, de confianza.

Actualmente, con la presencia de malls y supermercados en barrios populares, es posible que la costumbre de comprar a vendedores/as callejeros/as se esté perdiendo, aunque las ferias siguen siendo muy visitadas sobre todo los fines de semana, incluso por familias completas; conservan una fiel clientela, que privilegia el “buen ambiente” y la “buena atención”, la clásica relación de respeto “entre caseros”, el “pregoneo” de los productos” y la “yapa”.

Ancladas hoy en la urbe, las ferias libres logran hacer un alto a la despersonalización de la vida cotidiana, recuperando lo cívico, en su sentido más prístino. Cargan de significados, al comercio informal, conocido antiguamente como comercio regatón y elaboran mecanismos que facilitan la supervivencia, la participación comunitaria, la autogestión social y el sentido de igualdad que el poder formal, parece no ofrecer.

Fuente: Resumen del texto de Gabriel Salazar Vergara, “Ferias libres: espacio residual de soberanía ciudadana”, Ediciones SUR, Santiago, 2003.