Lo veíamos grande como el cerro desde la piedra en la que nos sentábamos en la puerta de la casa. Asomaba por Errázuriz con su carro heladero. En la esquina de Bolívar, miraba al cielo y con gesto parsimonioso sacaba el cacho de toro transformado en corneta. Era el jazzista del pueblo, nuestro Louis Armstrong. Pero también hablaba, o mejor dicho predicaba. Era nuestro ufólogo. Ya los ovnis lo cautivaban: dentro de ellos, decía, venían los dioses. A lo mejor su Pachamama lo venía a buscar.

Vestía de blanco como el chupete helado que nos seducía en esas tardes de verano sin permiso para la playa. Tardes de castigo sin matineé en el Coliseo. Entonces su música nos compensaba. Era como si el último alarido del toro sacrificado viviera ahora en los labios de El Familia. Era el tiempo en que los helados eran hechos en esa casa grande que se llama Iquique. Eran helados del Rex o del Stanka.

Vendedor de helados por las tardes del puerto en crisis, El Familia, se fue metiendo en el corazón de los iquiqueños. Tosco en el caminar, parecía que el carro lo llevaba a él por esas calles sin autos japoneses. Calles de tedio, roto sólo por el paso del auto del doctor, o por los cascos de los coches victorias.

Debió haber sido indio, de esos que se llaman aymaras ahora, sobre todo por su rostro moreno de facciones toscas. Juraría que su apellido era Taucare o Mamani. Nunca se los preguntamos. Pero ¿para qué?, si con decirle El Familia bastaba. Y ¿por qué decirle El Familia? Nadie lo sabe y a nadie le interesa.

Nadie advirtió tampoco cuando el cacho de toro quedó huérfano de labios. Sobre nuestra piedra, donde lo esperábamos, notamos su ausencia, una, dos, tres tardes seguidas, hasta ahora que sin piedra y más grandes, cultivamos su recuerdo. Como hoy, por ejemplo.