Malhadado. "¿A qué llorar ahora?

Cuando un sollozo de Virginia le advertía a Sofía que la niña iba a dejar escapar un lagrimón malhadado, iba hacia ella y la consolaba:

-¡Mi hijita inda! –y la trataba de persuadir con sabrosa ternura, acariciándole el rostro infante-. ¡Esto pasará luego! En otras partes esto ocurre todos los días…, ¡y nadie llora!..." (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963:70).

Manducar. "Los perros elevaron su concierto de aullidos y sus lamentaciones desgarraron la seda del silencio.

-Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana –gangoseó el viejo.

El temor los estremecía como árboles azotados por el vendaval.

-¡Llaman a sus amos, los infelices! –exclamó Josefina.

-Y lo pior, es que no se pueden ni manducar –dijo don Patria-. Son tan hediondos y cochinazos" (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 305).

Maromero. "-Y este hombre, pues, señor, dale con que sabía lo que hacía. Pasaba siempre encima de los bolones en bajada. Se creía maromero, señor.

-¿Usted lo vió caer?

-Yo salí de la garita a los gritos. Cuando llegué, Tiburcio y Joaco lo tenían de los brazos, forcejeando. La maquina, como usted sabe, cuando agarra no suelta; tira para adentro. Por algo se llama chancho. Tira para adentro, masca y masca, y no hay fuerzas que le quiten la presa. Nosotros tiramos mucho. ¡Inútil! Se lo comió, no más. Si yo hubiese tenido un hacha, le cortó las piernas desde un principio" (Tamarugal. Eduardo Barrios, 1944: 16).

Meca. "Un hombronazo ceñudo se detuvo en mitad de la calle y los miró con disgusto por debajo de sus cejas pobladas.

-Venga, pues, iñor. Te presento a nuestro salvador. Si no es por él, nos manducan.

-Cierto, cierto. Estamos en deuda con usted –dijo oprimiéndole un brazo.

-La carita que se gasta –comentó burlón el Boca- parece que ha comido meca". (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 23).

Mecón. "Tranqueaba el Laucha con dificultad y el árbol que conducía en el hombro, bien firme el tronco de la diestra, mecíase el compás de su paso de baile.

Paco feo, paco malo, te saco la mugre a palos…

La lengua se le hacía liga en el paladar. "Mecón que le púsimos trago. ¡Es que es tan cariñoso el viejo! Y no estaba malo el islugueño". El panorama se desdibujaba en sus pupilas, oscilando y confundiéndose la franja chata del caserío con la cordillera lejana, dentada y azulenca…" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 249).

Melopea. "María Flores, que venía escapando de la visión dantesca, choco con Josefina, y se abrazó de su cuello sollozando.

-¡Chepita! ¡Chepita!

-¡Hijita! ¿Qué es eso?

-Están matando a… los perros vagos.

-¡Oh! –la quemaba su propio aliento.

Fundidas en un estrecho abrazo, se escondieron en el último rincón de la casa, mientras la melopea siniestra se apagaba, triturada por la implacable lluvia de metralla y pólvora, que ponía sobre las gargantas de los canes abandonados su pezuña mortal" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 292).

"Me pegaré el cuete". "-No, no puedo, se lo agradezco. Tengo que encontrar al negro Ureña.

-Es que allá o acá es siempre lo mismo.

-Lo sé, losé, pero con el negro tenemos que arreglar otros asuntos –mintió-. Lo único que le pido es que me indique cómo puedo llegar a Pan de Azúcar.

-Yo lo llevo. Yo voy para allá mañana. ¿No ve que tengo que comprar un piñón en Buenaventura? Si lo encuentro, aunque lo más seguro es que me pegaré el cuete" (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 170).

Moledera. "El camión dio un barquinazo y un chiquillo que iba al lado de la mujer, perdió estabilidad.

-¡Muchacho de moledera! –rezongó ella, alcanzando a sujetarla de la chaqueta.

El manoteaba desesperado, procurando encontrar un punto de apoyo" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 6).

Molicie. "Y sólo había, para mi preferencia, esa razón de molicie sobre cansancio. No era que la tertulia de Tamarugal me atrajese. Más bien me aburriría. No había caracteres allí que me acomodasen. Aunque… ¿acaso los había en otra parte? Soy –y lo fui desde niño- uno de los seres que, dondequiera se sitúen, siempre se sienten en la "tierra de nadie". Los unos aquí, allá los otros; antagonismos o concordancias; bandos, banderas y banderías… Yo, en medio, ajeno, ecuánime por comprender demasiado, irremediablemente solo en la "tierra de nadie". (Tamarugal, Eduardo Barrios, 1944: 8).

Molle. "Carmona mordía las lágrimas. Sus párpados eran fauces provistas de agudos dientes que hacían crujir los dientes que hacían crujir la sal de los sentimientos, la rabia y la impotencia. Se le erizaban los cueros desnudos del tórax y la espalda. Tremolaba, recio, pellizcándose un callo de la diestra. El viento se solazaba en su medio cuerpo de dura piel descubierta, en las cabezas hirsutas de hombres y mujeres y en los ramajes ralos del molle que elevase junto al portón. Las estrellas achatan más y más los lomajes. Allí había una prendida en el cogollo esmirriado del pimiento. Fruto transido de húmedas, esperanzas inútiles" (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 28).

Monedería. "Virginia se recostó en la arena. En seguida, de espaldas, una pierna sobre la otra, ambas manos tras la nuca, dejó que el calor de la arena y el sol la envolvieran, sueltas las carnes y esponjada el alma. De arriba, el oro celeste venía a cubrirla como una marejada violenta. De abajo, las secas potencias del mar la penetraban en invasiones tiernas. Cerraba los ojos y rojas brumas y atormentaban las pupilas voluntariamente ciegas. Alzaba los párpados y entonces el infinito del cielo le llenaba la mirada de una monedería mágica, con sonajera de alas de ángeles batiéndose entre láminas de niebla. Los pequeños pechos, aunque duros, se le achataban sobre el tórax, acurrucándose en la cuenca tibia de sus propios nidos. Palpitaba el vestido al ritmo tenue y cálido de la respiración calmosa, deleitosa…

Y así, la belleza se le aglutinaba en recuerdos…" (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 59).

Morlacos."¿Cuánto crees tú que cuesta todo esto? –preguntó-. Dos mil morlacos. Y yo le sacaré diez mil. Formidable. ¿Qué quieres tú: plata o relojes?

-Platita sería mejor.

-Perfectamente –y le resbaló varios billetes de a cien…" (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 29).

Musarañas. "-Déjelos que vayan, doña María; que aprendan, que conozcan el sacrificio del pueblo y de sus héroes. ¡Chao!

Le hizo varias musarañas al pequeñuelo y se escabulló por el pasadizo.

Los barridos estallaron a sus espaldas y la persiguieron largo trecho.

"Mi mocosito –pensaba-, mi pobre mocosito. Tenemos que vivir para él"

Sin embargo el destino la empujaba hacia la agitación y la incertidumbre" (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 256).