Rábula. "Se vió llegar a Pisagua acompañando a una hermana recién casada con un rábula de Juzgado, un Rábula alto, de chaqué, tongo, pera y bigotes, que parecía arrancado de un cuadro de caballeros patriotas de la independencia. Entonces no tendría más de trece años, y no entendió la grandeza y belleza del desierto, no comprendió el mensaje de los rieles, de las locomotoras, de los barcos, el tamboreo y huifa del mar sobre la guitarra de basalto de las rocas, ni los signos misteriosos de las libélulas del puerto que señalan los lugares de diversión a los marineros" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 14).

Radiola. "Afuera, más allá del pasadizo, la diversión se encendía, atizada por las mujeres, incansables. Resonaba de risas la casa. El piano mecánico, afónico y destartalado, hacía oír entrecortadas notas nórdicas, de rato en rato. El afán de diversión de hombres y mujeres a filo de borrachera reclamaba músicas inmediatas y agitadas. Y rodaban, entonces, los discos en la radiola, animando melodías en boga" (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 233).

Refresco. "Elena cogió la cucharilla y le humedeció con agua azucarada los labios secos.

-Sí, dame de beber. "¡Dad de comer al hambriento!  ¡Dad de beber al sediento! ¡Vestid al desnudo!" ¿No está eso escrito en las santas escrituras? Y dijo el Señor: "Este es mi cuerpo y esta es mi sangre". Y repartió el pan y el vino –deliraba-. Ponme un paño húmedo en la frente ¡Así! ¡Gracias!  Sólo una vez sentí tanto calor. Fue en un teatro de barrio, hace muchos años. ¡Mucho calor! El sol se había metido en la sala. Yo era un niño, un niño pobre… Hubiera dado la mitad de mi vida por un refresco… pero era un niño pobre, y los niños pobres, aunque se mueran de sed, no tienen derecho a un refresco. Tienen derecho al látigo, al puntapié, al insulto. En la pantalla quemaba el sol, querida; era una llanura americana del Far West…" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 266).

Rempujen. "-¿Cómo dice?

-¡Qué lo rempujen!

-Okey

Y media docena de hombres se arquearon sobre el vehículo y lo hicieron subir la pesada cuesta" (Los Pampinos, 1956: 167).

Resolana. "Aquí retrocedió con fuerza hiriente de resolana. Y las caletas y los puertos cobijados al amparo altísimo de los cerros se alumbraron entre los estertores de las sombras. Las aguas estremeciéronse, agitando su pelaje de bulliciosas espumas. Y apoyaron ahora el viaje de la luz hacia las costas agrietadas, agresivas. Las sombras de las montañas litorales se distendieron sobre el lomo marítimo, y en seguida los torrentes de sol conquistaron las poblaciones, en trote lento, haciendo eco, con la algarabía de sus rendajes, al canto esmeralda y sordo de los peces" (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 15).

Romos. "-Sí, sí, ahora lo recuerdo. No me diga nada, por favor.

No obstante que se volvía toda ojos, no divisaba gran cosa a su alrededor, salvo los galpones de la estación, sombríos, silenciosos, meditabundos, y las grises callejuelas trajinadas de carretas.

Había luz en un tambo.

-¿Hacemos aquí una paradilla?

-No, no, es muy tarde –lo apremió-. Sigamos –viró el rostro hacia la derecha, tratando de adivinar en la hilera de muros romos, la casa en que viviera-. ¡Ahí está!" (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 15).