Winches. "Y fui a la Tamarugal aquella vez, como tantas.

Al poner pie en la plazoleta de la administración advertí ya que algo inusitado sucedía. Desde luego, el aire parecía detenido. No lo estremecía el menor rumor. Ni las chancadoras marcaban su compás de sordas mandíbulas. Ni los winches chirriaban elevando vagonetas sobre los planes indicados. Tampoco accesaba la locomotora, ni carretera alguna derrumbaba el estrépito de su caliche buzones adentro. Había cesado todo tráfago y sólo allá, bajo nivel de suelo, ante la aglomeración parda de la maquinaria que veinte años de polvo cubrían y frente a la primera chancadora, una multitud se apretujaba en silencio. Apenas medio cuerpo arriba del bajo sobresalía, y un estandarte con crespones asomaba entre las cabezas" (Tamarugal. Eduardo Barrios, 1944: 9).