La Boya Iquique

Donde se hundió “La Esmeralda”

Salvador Reyes

En una rápida lancha vamos a visitar el punto en que le 21 de mayo de 1879 se hundió la “Esmeralda”. Desde el mar Iquique se ve pintoresco, con el respaldo de sus altas montañas que, al revés de otros puertos nortinos, no ofrecen ninguna quebrada para penetrar al interior. Es una abrupta y enorme masa a ala cual es necesario subir para alcanzar extensiones del desierto.

Atravesamos el fondeadero de los barcos inmóviles por la paralización de las faenas pesqueras. Hace tanto tiempo que algunos se hallan anclados, que pelícanos y gaviotas han hecho de ellos su refugio. ¡Es penoso ver tanta energía sin empleo, tantas esperanzas defraudadas! Muchos otros pesqueros están atracados en los muelles. Unos pocos descargan pescados para la fábrica de conservas Tarapacá, la cuál trabaja sólo a un tercio de su capacidad.

El día es espléndido y la roda de la veloz embarcación hace saltar un chisperío luminosos sobre el mar muy azul. Navegamos hacia el norte. La “Esmeralda”, a pesar de que sus calderas reventaron, apenas se intentó levantar presión, logró antes del combate, situarse a unos 200 metros de la playa para obligar al enemigo a un tiro elevado que no dañara a la población. Más tarde, cuando las baterías de tierra abrieron el fuego sobre la corbeta, Prat logró que ésta se arrastrara hasta situarse a unos 1000 metros al norte y a unos 250 de tierra. Ahí se hundió, y desde aquel gloriosos y trágico 21 de mayo flamea nuestra bandera en una boya sacudida por la marejada, frente a los cerros cortados a pique bien lejos del seguro abrigo del puerto.

La embarcación da lentamente dos vueltas en torno a la boya y una curiosa impresión nos domina. Curiosa, porque no imaginábamos que la visita de este trozo de mar pudiera afectarnos de ninguna manera. Al poco tiempo de tener conciencia de existir, conocimos los detalles del combate de Iquique; incontables veces lo hemos leído en prosa y verso, lo imaginamos mil veces y otras tantas nuestro lápiz de colegial lo dibujó ingenuamente. Sabemos bien que el agua que contemplamos no es la misma que se tragó a la gloriosa nave y que todo ha cambiado en torno a ese punto movedizo. Sin embargo, emocionados y mudos, contemplamos la bandera desflecada por el viento en lo alto de la boya.

Algo imposible de analizar, algo mágico impregna para siempre el ámbito en que el hombre alcanza su grandeza suprema. Algo que nos penetra y nos estremece

¿Qué pasa por el alma del hombre que se resuelve a combatir sin esperanzas de triunfo y con la certeza de que sacrificará su vida? ¿Qué fuerza anula el instinto de conservación, la prudencia y el miedo naturales en la condición humana? ¿Es como una llamarada que ilumina el horizonte imposible de vislumbrar desde nuestra pequeñez? ¿Es una llamarada que enciende fuerzas desconocidas dentro de nosotros? ¿Es la potencia de una raza? ¿Es una virtud personal?.

Aquí, en este sitio, que contemplamos emocionados y muchos, durante tres horas y media, un viejo barquichuelo no blindado, de 850 toneladas y 200 caballos de fuerza (inútiles por estallido de las calderas) resistió a un moderno monitor de 1.130 toneladas, defendido por un blindaje de 4 y _ pulgadas y dotado de una de las artillerías más eficaces de su tiempo. Tres veces el monitor espoloneó a la vieja nave, los proyectiles del “Huáscar” convirtieron la cubierta de la “Esmeralda”- según la expresión de un historiador- en un “matadero”. Por todas partes había cadáveres despedazados; el balance hacía correr oleadas de sangre, rodar cabezas, piernas, brazos. Y, sin embargo, todos los tripulantes, absolutamente todos, combatieron hasta el último momento, sin un solo instante de flaqueza ni respiro, sin la más remota esperanza de vencer ni de salvar la vida. Al iniciarse el combate la tripulación de la “Esmeralda” era de 198 hombres; al terminar 141 habían muerto. Los botes del “Huáscar” recogieron vivos 57, que se arrojaron o cayeron al mar en el momento en que la nave se hundió.

¡Qué fácil es decir o escribir todo esto!¿ Pero cómo entrar en el estado de ánimo de esos héroes? ¡Y que mezquino resulta el vocablo “héroe” cuando uno intenta comprenderlos!

El combate de Iquique (aparte de todo panegírico patriótico) es una lección de múltiples aspectos. ¿La habremos sabido aprovechar; Preferimos la interrogación abierta. Sin el sacrificio de Prat y de sus hombres, sin la habilidad y el valor prodigiosos de Condell, el “Huáscar” y la “Independencia” habrían destruido o apresado el convoy que llevaba a Antofagasta 2.500 hombres, víveres y municiones. También habrían incendiado la ciudad. Pero Grau y More perdieron largas horas en destruir dos viejos buques destinados- a perecer o rendirse apenas en una hora. Pero no hubo fuerza humana ni arma capaz de abatir a esos chilenos.

Ese sacrificio hizo saltar en pedazos el inveterado pacifismo oficial, exaltó el alma del pueblo, nos hizo ganar la guerra del 79.

Y quedan todavía otros aspectos de esa lección la sobriedad de Prat, de Condell y de sus hombres, la ordenanza perfecta, la serenidad, la lucidez, de la cual es modelo la arenga famosa: “Muchachos, la contienda es desigual...”.

Dos vueltas da lentamente la lancha en torno a la boya. A bordo nadie pronuncia una palabra, todos tenemos la vista fija en la bandera que flamea viento del norte. Nos alejamos. Bien pronto no queda sino un punto del cual no podemos despegar la vista.

Tomado de Crónicas.
Ediciones La Portada
1974 Santiago, Chile pp.371