Alfajores y chumbeques

Alfajores y Chumbeques, el patrimonio de la repostería local

Decía mi abuelo, que el alfajor matillano, era mestizo. Tenía de indio y de negro piqueño, y también de ibérico y lusitano. Contaba mi abuelo que el mal denominado alfajor de Pica, fue y será siempre oriundo de Matilla.  Y entre piqueños y matillanos, ellos saben porque dicen eso.   

Poca gente sabe que Pica fue un lugar de cimarrones, de indígenas itinerantes que venían a calmar su sed desde tiempos ancestrales.  Matilla, sin embargo, fue cuna de españoles, de aquellos hijos de la madre patria que aquí hacían su último descanso antes de aventurarse a un desierto que ellos sabían donde empezaba, pero nunca donde y cuando terminaba.

Fueron las familias matillanas quienes en el arrabal piqueño rescataron algunos frutos claves para dar forma a éste manjar de la repostería, que nació para encantar paladares, sobre todo si es del día.

El chumbeques es otra cosa.  No esta clara su procedencia,  aunque incluso le han registrado su nacimiento en el Perú. Ésta pequeña delicia de Iquique, pareciera ser más casquivana, ya que sus raíces las rescata una familia china que dice asegurar que su identidad nació desde el oriente y se asentó en Iquique, siendo legitimado por su sabor por casi un siglo., entre descendientes de changos y camanchacos.

¿Qué tiene uno que no tenga el otro?: Nada, porque ambos han logrado consolidar su imagen e identidad por caminos paralelos.   El chumbeque obviamente tiene más de  mundo. Se nos presenta –ahora- más versátil y  a través de su miel, ha logrado sumar sabores de frutos tropicales que refuerzan su identidad iquiqueña: guayaba, mango, maracayá, etc. Obviamente con ello, se escapa del borde costero para proyectarse hacia el limbo continental,  acercándose a las tierras de Bolívar,  Santander y Sucre. Allí encontró su derrotero, desde la tierra de culíes semi esclavos hasta los barrios de Sudamérica  mestiza. 

El alfajor, en cambio parece ser más citadino. Más artesanal, menos globalizado, pero aún más rural y  aparentemente menos contaminado de modernidad. Sus artesanales envoltorios permiten visualizarlo en supermercados locales; pero con dificultad en las propias ciudades y pueblos vecinos.  Por ello, aparece más de pueblo.  El alfajor sigue siendo un producto de  artesanas de trenzas y artesanos de hojotas; puro pueblo, diría mi abuelo.  

El alfajor de menos bulla; con mucho de aymara y de esa impronta itinerante que le permitió a nuestros ancestros caminar desde las cumbres andinas hasta las arenas del borde costero.

Si algo tiene ambos, es que siempre se concibieron como "dosis" pequeñas; de bajo precio; y posiblemente ello les permitió defenderse del Pan de Huevo, de los Chilenitos, de los de La Ligua. Así, en ambos se impregna y proyecta el sabor tarapaqueño, en todo su mágico sabor. Ningún niño o adulto que haya  pasado por estas tierras, ha visto inadvertido el paso del sabor que permite degustar un chumbeque iquiqueño, o un alfajor matillano. Ambos sintetizan el patrimonio de la repostería tarapaqueña.

Autor: Alberto Viveros Madariaga