Folklore y Minorías Culturales

Bernardo Guerrero Jiménez
Sociólogo
Trabajo escrito el año 1979
Inédito

La mayoría de los chilenos conocen algunos rasgos culturales de las diversas minorías culturales que existen en nuestro país, a través del folklore y específicamente mediante las manifestaciones de la música, el canto y la danza. A través de estos elementos del arte, se le muestran al público chileno fragmentos de realidades sociales que, por lo general, son expuestos en un escenario con la ayuda de un marco musical. A este respecto surgen legítimas preguntas.
1.- ¿Son bien representadas las realidades sociales de estas minorías culturales por parte de los conjuntos folklóricos?
2.- ¿Tienen los conjuntos folklóricos la preparación necesaria para llevar a cabo esta misión?
3.- ¿Es posible que sólo a través de unos instrumentos y unas canciones representar el espíritu de una sociedad, donde lo humano y lo divino están estrechamente vinculados?
4.- ¿Con sus interpretaciones prolongan la tradición ancestral de estas minorías o tan solo contribuyen a destruirlas?

Estas y otras muchas más preguntas son válidas hacerse en estos precisos momentos, y ahora más que nunca que el fenómeno de los festivales folklóricos parecen convertirse en instituciones nacionales.

Por otro lado, cualquier intento de hacer reflexión concienzuda sobre el rol de los conjuntos folklóricos, será estéril sino considera como variable altamente relevante y significativa, la actual situación de las minorías culturales. El desconocimiento de esta realidad, dramática, y no puede ser de otra manera, ya que es un hecho de la situación de extrema pobreza de estas sociedades, entre otros factores que se podrían enunciar (desarraigo cultural, frustración sociológica, etc.). Una buena cantidad de estudios realizados por antropólogos y sociólogos así lo demuestran.

Sin embargo los folkloristas no han sabido o bien que lo que es peor no han querido darse cuenta de esta situación. Esta situación ha redundado, por lo tanto, a caracterizar una realidad deformada de ahí al romanticismo folklórico hay un trecho bastante corto y demasiado peligroso. El público se forma con esto, una idea fantasiosa de la realidad de estas sociedades, en la cual la realidad –para el público- es una realidad festiva, alegre y despreocupada; estas minorías culturales solo saben cantar, beber y bailar.

De esta situación de deformación de una realidad social hay un solo paso para caer en el espectáculo, y este último tiene vigencia sólo si se inserta en el contexto de la sociedad de consumo, de la moda, de la competencia, etc.

Concebido de esta manera, los conjuntos folklóricos solo estarían “espectacularizando” una cultura, dejando de lado con ello, todo lo que implica una cultura global, con sus problemáticas, sus aspiraciones, sus proyectos de desarrollo, sus angustias, etc. Se presenta un cuadro lleno de colores, de pasos acompasados y simétricos, de música pegagosa. Sin embargo, esta música está vacía, ya que no está referida a ninguna cuestión social que le de coherencia y que la legitime. En este sentido, la música, el canto y la danza son despojados de sus contenidos culturales, y éstos son sacrificados por un forma solamente. Con ello se consigue que el público consuma sin digerir el producto que se le presenta:
“Habría que preguntarse si estos conjuntos estudian los temas interpretados, si profundizan en el uso de tal o cual instrumento, si prolongan efectivamente una tradición. De no hacerlo, como se puede apreciar en un notable porcentaje, la irreverencia y la frivolidad sólo consiguen que la moda introduzca estas expresiones en la ley del consumo desenfrenado. Nada más lejos de estas manifestaciones el pertenecer a la ley de la oferta y de la demanda, donde todo se categoriza según la moda, y su obsolencia es tan rápida como su aparición. El dolor, el amor, la alegría vaciadas en los cantos del altiplano (y de otras sociedades: mapuches, pascuenses, etc.) que quizás algún día alcanzaron a insinuarse en este boom, morirán luego, para ser relevados por otra moda, con seguridad igualmente falsa” (Piña. 1977: 372).

Pero el cuadro que hemos construido al reflexionar sobre el folklore, no es tan pesimista como se podría concluir. Existe siempre la posibilidad de enmendar errores y una buena manera de hacerlo es cambiar el tratamiento tradicional que se ha seguido con respecto a estas sociedades. Una de las mejores maneras de hacerlo es abandonar la perspectiva un tanto colonialista que se tiene cuando se observa el fenómeno folklórico, y esto no es solo un error de los folkloristas sino que también es de los científicos sociales. El cambio de perspectivas supone abandonar el lugar de la observación y situarse en la perspectiva de la sociedad que se quiere “representar”. Es en suma, presentar el folklore desde la óptica de los vencidos.

Los resultados serán desde luego distintos sobre todo por la riqueza de los contenidos culturales que se recogan.

Este cambio de perspectiva implica, sin duda alguna, un acopio de conocimientos sobre la realidad andina, bastante macizos. Sin embargo, la posibilidad del error está también presente en este nuevo enfoque, aquí la posibilidad de caer en un “indigenismo” es bastante alta. Y esta tendencia también es fatal para la integridad cultural de estas sociedades.

El cambio de perspectivas, va a ofrecer al “público”, una realidad, que si bien es cierto, no es igual a la original, al menos guarda proporciones de fidelidad.
Otros de los horizontes válidos para tener en cuenta el rol de los conjuntos folklóricos, es visualizar la relación de coexistencia cada día más precaria que existe entre la cultura tradicional y la cultura moderna, para recién ver la relación y la función social que debe cumplir el conjunto folklórico.

Sin temor a equivocarnos, el folklorista por su misma condición cultural urbana y occidental, pero sensible a los problemas y necesidades de las minorías culturales, debe asumir el rol de defensa de la cultura indígena y de sensibilizar sus contemporáneos, que por lo general, llegan a un conjunto folklórico, a ocupar su tiempo libre o porque le divierten ciertas música ancestrales.

Pero volvamos a la cuestión de las relaciones entre la cultura tradicional y la moderna. Las relaciones entre estas dos culturas siempre ha sido desigual:

“La conquista pura y simple, la colonización indistinta, la integración forzada y, en última instancia, el aniquilamiento antropológico del más débil han sido hasta el presente los métodos tradicionales de regulación de estas relaciones” (Correo de la Unesco. Enero, 1975:17).

De acuerdo a las relaciones existentes entre estas dos culturas, el rol del folclorista debe estar orientado a rescatar el patrimonio cultural de estas sociedades. Debe transformar su arte en una herramienta de amor hacia nuestras tradiciones, pero hacia aquellas tradiciones vivas, vigentes y que aún perviven con otro disfraz que la conquista le obligó a ponerse.

De esta manera, el folklore y los conjuntos folkloristas deben estar al servicio de las culturas que no puedan expresarse en la sociedad nacional, con su lenguaje llenos de símbolos. No puede ser a la inversa, el folklore no debe estar al servicio de aquel público que busca divertirse –insconcientemente- a costa del dolor de las culturas moribundas. Los actos folklóricos deben estar regidos por la ley del respeto y de la dignidad, y no por la ley de la oferta y la demanda.

Bibliografía
Piña, Juan Andrés

"Gracias y desgracias del boom musical andino".
Revista Mensaje Nº 26
Santiago, Chile
1977, 371-373.