En esta excepcional zona terrestre
- desierto americano-
en este polvo arcano
que en guerra fraticida
supo el brazo chileno conquistar,
parece que no hay vida:
ni una planta
en su abonado suelo se levanta;
las galas de la aurora
desaparecen sin canción canora;
y la brisa que sopla alborotada
bebe en el polvo porque no hay cascada.

Si fatigado el pensamiento tiende
raudo su vuelo en pos de inspiración,
se dilata en el éter azulado
sólo un instante desconcertado
otra vez a la tierra, a la inacción...

Pero no! Si allí están sobre su suelo
mullido a trechos por sus sueltas capas
que libre el viento mueve en espiral,
desnudos cerros cuyas formas guardan
envidiable venero capital.

Allí pululan de diversos pueblos
masas y masas de la vida humana:
el inglés y el chileno allí se hermanan
bajo la sabia ley del trabajar.

Mirad por su extensión que se desprende,
cual hija segregada del peruano,
en línea paralela
al vivo rizo del tranquilo océano

Chile forma el norte;
y luego desnivela
por la cima del Ande boliviano.

En su amplitud que a veces
en plano se dilata
o en agrias lomas que describen eses,
uniformes pueblitos se recatan
en monótona y pobre construcción.

Se llaman oficinas salitreras,
sus riquezas están en calicheras
que dan al propietario
sana fortuna, múltiple interés;
a millares de brazos, buen salario,
a la industria y las artes, movimiento,
caudales al erario;
colman a Ceres de abundante mies.

La máquina

Allá a lo lejos, álzase gigante
(especie de obelisco en el desierto)
robusto tubo de columna humeante
que invita del trabajo al gran concierto.

La mecánica allí su asiento tiene,
y con ella rudísimas faenas;
agua, fuego, vapor, todo va y viene
por el férreo tejido de sus venas.

Mientras tanto el vehículo rodante
por círculo vicioso gira y gira
cargado de caliche lo bastante
a llenar la labor del día que expira.

Y va en acopio la materia prima
por las fauces del chanco es demolida,
y vaciada en cachuchos de honda sima
por agua hirviendo en caldo convertida.

Por varias cañerías de allí dimanan
de ese salobre líquido corriente.
Y contenidas en bateas expuestas
al aire libre y al calor del día,
se condensan en capas superpuestas,
que en blancura a la nieve porfiarían.

He allí el salitre que en la cancha oreado
y repletos sacos rendirá por miles,
y que en estériles tierras transportado,
a los campos dará bellos abriles.

Al mismo tiempo de la hirviente espuma
de ese caldo salobre se deriva
el alivio del ser a quien abruma
algún dolor que de salud le priva.

Es el yodo que en punto rebatido
y a favor de la prensa decantado
sale en queso que al fuego sometido
láminas da de hermoso sublimado.

¡Oh sabia Providencia, que doquiera
por mano oculta tu poder se siente;
ya en los giros de la tierra espera,
ya en la flor, en la costra, en el ambiente!

El campamento

De la máquina al pie en estrecho plano
limitado por ripios y salares,
semejando casillas, palomares,
series de cuartos paralelos van.

Mal forrados con tabla o calamina
sin abrigo, sin luz, sin apariencia,
traslucen de una vez la indiferencia
conque se mira a aquellos que allí están

¡Pobres obreros! en confusa mezcla
con la esposa, los chicos y los monos
apenas hay a sus cansados lomos
lugar estrecho donde reposar.

Al lado posterior de la vivienda,
de cañamazo se alza carpa ahumada,
bajo la cual se mueve descuidada,
la que en la casa ayuda a trabajar.

De este conjunto al centro sobresalen
la casa del patrón y pulpería
donde concurren con gran algarabía
mujeres y granujas a comprar.

Más allá se distinguen otras casas
por desahogo o rango lisonjero;
es la del corrector, del ingeniero
o de algún destinado al bienestar.

Y más lejos, en sitio conveniente.
determinado sólo por muralla,
punto importante, si terrible, se halla,
el parque del trabajo, el polvorín.

Esto forma el llamado campamento
en esta dura más feliz campaña,
cualquier trabajador tiene su hazaña,
pero el roto chileno es paladín.

Las faenas

Es el alba, mas ni un reflejo asoma
del luminar del día;
se anuncia a la porfía
del arrogante alado en su cantar;
pues el espeso manto
de griseas capas de húmeda neblina
la escena matutina
- cual la Envidia- pretende interceptar.

Al mismo tiempo el esquilón se agita
prolongado y tenaz contra Morfeo;
y con razón, si es hora en que la máquina
de su alimento pide el acarreo.

Fatal instante llega al carretero,
también al calichero,
pues uno y otro tienen que acudir;
si aquel fatal seguro tiene gallo;
y si es éste, no hay fichas que pedir.

Vamos (se dicen) el trabajo obliga,
y con él de la vida se mitiga
en cuanto el pago llegue nuestro afán.

Y cada cual se apresta resignado,
de la herramienta armado,
a dejar su camada por el pan.

Entonces a falta del rumor que ofrece
la mañana en los sitios que enriquece
con tintes de esmeralda y oropel,
el pesado rodar de las barretas
sólo se escucha en su veloz tropel.

En su obligado giro poco a poco
la tierra se vuelve hcia el cénit del día,
desvanece su helada vestidura,
la vida impulsa, infunde la energía.

La luz meridional en la desnuda
superficie terrestre reverbera,
y a su influjo benéfico, doquiera
la faena de ayer, hoy se reanuda.

 

Cual modesta legión de zapadores
que nada impide en su ánimo el obrar
contra el ocio se agitan vencedores
brazos de cien y más trabajadores
que los collados hacen retemblar

Aquí uno excava con ansioso empeño
la calichera de hondo yacimiento;
otro allá carga con genial desdeño
lo que nada en resumen le ha de dar.

La guía incendiaria listo el otro tiende
al fondo del barreno;
a la punta exterior fuego le prende,
deja el sitio y arranca con pavor.

Si el tiempo tuvo a trasponerse mira
con avidez hacia el lugar minado...
pero tru... rún! la tierra ha retemblado,
su entraña y costra por el aire vuela
entre nube de polvo nacarada
que de árbol toma caprichosa forma
y sin horror distrae su mirada.

Pasó el peligro y le llegó la hora
de regresar a su feliz morada;
allí caricias de la pobre amada
su frente enjugan y valor le dan.

Mientras tanto la Juana preparada
tiene ya la comida en el instante:
tras del buen chupe viene la atorante
repleta fuente de porotos bayos
que todos a mandíbula batiente
con cuánto gusto engullen hasta el fin.

De unos cuantos minutos de reposo
allí disfruta el fatigado obrero
para entregarse con entero gozo
a pitar su cigarro de papel.

Con vibración sonora la campana
anuncia el mediodía;
entonces sí con mucha buena gana
de todo el campamento a la venta
(a paso de indevota romería)
concurren en tropel por sus libretas
los obreros, no en busca de pesetas,
a pedir fichas que el haber varía,
si alcance tiene o boletas dan.

Y del corral con disonante ruido
y de función taurina la algazara,
arranca la mielada
de a tres en fondo a la carreta uncida
una, la izquierda es cabalgada
por un brutazo que a perder la vida
la bestia y él expone por su mal.

Así dispuestas las carretas ruedan
por bien gastadas, diferentes huellas
hacia el caliche que ha de ser pasado
según está ordenado
por el jefe de pampa, el corrector.

Y las mismas faenas se repiten
por meses sin ninguna variación
hasta que llegue alguna fiesta o daño
que la máquina pare en su función.

Autor: Clodomiro Castro, 1896
Tomado de Pedro Bravo Elizondo y Bernardo Guerrero, 2000.
"Historia y Ficción Literaria sobre el Ciclo Salitrero en Chile". Universidad Arturo Prat. Iquique. Chile