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ElMorro 301Hablar de los morrinos es hablar de tradiciones, de lo importante que es el reconocimiento a la historia de un sector popular, de un barrio. Un barrio de clase, de proletariado, de mujeres y hombres pobres que en una búsqueda permanente de felicidad, creamos relaciones humanas que duran hasta el día de hoy y que serán cuentos eternos en conversaciones cargadas de anécdotas, cada vez que las y los morrinos se encuentren o aparezca la pluma ligera de otro Patricio Riveros.

En la pretensión del reconocimiento de lo que somos como barrio, en el deporte, en lo social y cultural, en lo político, se ha levantado una incipiente conciencia de cierta “morrinidad”(P.Rivera, 2011), que cumpliría con ciertos requisitos técnicos/administrativos de un barrio típico, histórico o patrimonial. Hay un reto importante en esto, el que debe de ser enfrentado con ejercicios importantes de deliberación amplia, donde la comunidad en su conjunto defina los criterios, de lo que queremos en el barrio.

ElMorro 302Lo que nos ha forjado, lo que se ha constituido en nuestra identidad, está cargada de silencios y omisiones de situaciones complejas, de como los sujetos enfrentamos los malestares de la vida, los malestares de una cultura que nos exige ser exitosos en todo, de un modelo de sociedad que a la par de la relación de explotación ocurridas en el trabajo, se repite al interior del barrio, de las familias y en silencio y privadamente, ocurren imposiciones de poder, la más clara de estas, la desarrollada desde los hombres hacia las mujeres y de los adultos hacia los niños. De esa relación nadie quiere hablar, se oculta en un mar de narraciones, que se acomodan; construyendo el pretérito desde el presente.

La relación de maltrato y violencia es algo que debe de ser hablado también, para no caer en reconocimientos románticos de esa materialidad que golpea cotidianamente, y que está cargada de peleas, arrebatos suicidas, asaltos domésticos, asesinatos sexistas, tráfico de drogas, abusos sexuales, desapariciones, etc., etc. nos forjamos desde eso también, pero no se habla, se oculta en una ceguera colectiva, en una negación individual y en una sublimación carnavalesca, que la pretendemos olvidar quemándolas con el rey momo en el día del “entierro”.

Son estas relaciones de clase y de imposiciones de género, las que también se pueden observar en nuestras calles.

Vida y Trabajo en el Mar
Frente a toda esa realidad sabida por todos, pero omitida y escondida; como se esconden los pejesapos del Indio Huiro, también nos levantamos y la playa emerge, la mar emerge siempre en contradicción, hay un refrán de los pescadores “la mar nos da, la mar nos quita”, no solo peces, no solo alimento, nos forja en como somos, nos moldea en formas relacionales que muchas veces chocan con las necesidades familiares. Pero la playa nos apaña, nos oculta de estos dramas, la llegada a la “Bellavista” nos permite el giro necesario para continuar a pesar de cualquier dolor, la playa nos sirve a los morrinos hasta el día de hoy, de ese soporte social y comunitario, para enfrentar las historias desgarradoras de maltrato, abuso y agresión que se pasean impunes hasta el día de hoy.

Podemos hablar entonces con esta introducción de lo público y de lo privado, de las narraciones e historias que llenan nuestra vitrinas de copas, medallas, galardones y que nos enorgullecen al punto de decir que los morrinos aprendemos a nadar antes que a caminar.

Es en este contexto donde hablar de los morrinos es hablar de la mar, de la playa, de sus bajeríos, caletones y “guatacas”, de los atardeceres rojizos en días de verano, largas tardes bajo el sol, haciendo “playitas” en la “embancada”, que se tragó a más de un soldado conscripto, venido desde el sur de Chile a cumplir su servicio militar en el regimiento Salvo y que maravillados por sus oleajes, se dormían en sus brazos. Es hablar de la bruma en días de invierno, esa que se arrastra por las callejuelas Izaza, Souper y Bellavista. Es hablar de sus héroes deportivos y de la identidad que nos protege.

Levantarse y bajar a la playa es el rito diario de todas y todos los del barrio, mirar su oleaje, la altura de la marea, hablar con otros, narrar historias, recordar a los que no están y disfrazar la desgracia proletaria con el humor, es un antídoto muy común como peligroso.

En esta postal hogareña, “El pepito” o solo “pepito”, se levanta intrigante oteando el horizonte buscando la mejor ola, se sumerge y se levanta entre “chanchos” que cruzan hasta la posa del dolores, llegando a la “piurita”, donde quedaba la compañía del alumbrado atendida por Don Roque, y donde Juan Gutiérrez “carigue”, cruzaba nadando mariposa, hasta los turrones.

Anheladas tardeandantes que facilitaron la constitución de sujetos del mar, que soñaban con ser capitanes de navíos, o investigadores que surcando el litoral, como esas expediciones Darwinianas, que nos dieron a conocer en todo el mundo. La fascinación de estas costas y el desarrollo de una protoindustra del “guano”, plata y el salitre jaló con fuerza a otras expediciones, algunas quedaron para siempre atrapadas entre los huirales morrinos no dejándolas zarpar y que hoy Oscar Varela nos llama para contarnos sus historias.

Los morrinos decimos que somos buenos para el agua, destrezas y habilidades que nos pone como los mejores y esta expresión se recoge desde los primeros y más antiguos habitantes del sector. Una tensión dialéctica que recorre la historia desde los transhumantes prehispánicos, changos, camanchacas, camanchangos y morrinos; todos con un elemento común, se atrevían a entrar en las aguas costeras en balsas, a nado, buceando, a extraer mariscos y peces, a cazar lobos. Hoy como ayer, la gastronomía morrina está sostenida con los productos del mar, base central de nuestra dieta y que hace que el Indio Huiro (el padre y el hijo), “chato” Pedro, Fredy Vergara, Tito Ahumada, entre otros nos sigan invitando a los peroles en la roca, con esa cebolla bien picada, lenguas de erizos y cilantro, saboreando piures y almejas, sazonadas con limón y sal, hibridación culinaria con los olores y sabores andinos, sin que falte una buena garrafa de vino, que apacigua la tarde que cae con el sol.

Es en este sentido que los morrinos disputamos la consigna, una consigna que da cuenta de esa relación permanente, de una cotidianidad ribereña, que conjuga trabajo, entretención, ocio, amistades entrañables, rebeldía política y sumisión hogareña.

Reflotan y se inventan recuerdos, el olvido se llena de deseos que lo legitiman como verdad y la imagen emerge, estando arriba de una “cámara” de neumáticos inflada, que utilizada como improvisada embarcación “vikinga” cruzamos los torrentosos ríos que nos llevaban a una placida “posa grande”, con sus caídas de aguas que nos conectaban con la “bellas”, en una travesía de sueños y hazañas de corsarios y piratas, como alguna vez me contara León Echeverría.

De seguro que la vida cotidiana de los morrinos con su entorno, determinó materialmente los oficios que más se repetían; buzos mariscadores, pescadores de orilla, cargadores portuarios, balseros, pescadores artesanales, le dieron una fisonomía de caleta al barrio, donde las embarcaciones eran calafateadas y remendadas sus redes en las esquinas, lugar de encuentro, donde la tradición es empujada de generación en generación, las historias de Gustavo Ceballos y el sindicato de pescadores artesanales “El Morro” cobran relevancia y vigencia de un pasado no muy lejano.

La familia Bolados, los hermanos Bosso, “collo collo”, “chino” Ahumada, en la pesca artesanal, Ramón Ross, Juan Gutiérrez, Mario Juantock, en la pesca Industrial, eran referentes de nuestro pasado caletero de un morro que veía sin darse cuenta, como su fisonomía se lleno de edificios. No fue posible continuar con esa prospera herencia, hoy solo rescatada en pequeñas historias contadas en las esquinas, donde nos juntamos los morrinos a dejar que pase sin prisa la tarde, para que llegue la placida noche, que nos obliga como bando militar a entrarnos en las casas.

Nacieron los trabajadores portuarios, los encargados de la carga y descarga de mercancías muy variadas, que amarró aun más nuestra identidad marítima y de puerto, un grupo de morrinos se empleo en esos trabajos hasta el día de hoy.

La costa, ribera morrina, fue y es lugar privilegiado para las creativas mentes infantiles, que alejados de las durezas de la sobrevivencia económica, recorren sus posas y posones, recovecos donde se esconde los pejesapos y cangrejos, hay sin duda una vuelta a los orígenes de recolectores de caracoles, almejas, locos, erizos, lapas y piures, que sigue como una dialéctica de tipo topofilica. El territorio aportando incluso en la constitución de los rasgos físicos, para los morrinos, mar y alimentación determinan el hacer cotidiano, que se suben a la mesa como “chupes”, sudados de pescado, pescados fritos o al escabeche, o los picantes de locos de la Carmencita Miranda, pero también en los oficios y en las relaciones sociales que constituyen la base de las expresiones de identidad, que confluyen por ejemplo en el “Carnaval”, un pulmón, un cuerpo que respira a ritmo de la costa y su mar inmensa.

Había disposición inmediata de productos playeros como los caracoles, llevarlos a la casa, cocerlos en una olla y luego sacarlos con ganchos de alfiler, concertaban a la familia para degustar esos exquisitos manjares, “de la mar a su paladar”, pero al calor de la degustación se celebraba una de las tradiciones más importantes en la constitución de identidad, la transmisión oral de las historias. En esas conversaciones conocimos a waterpolistas como “Beto” y Fredy Vergara, León Echeverría, Venancio Taberna, “guagua” Gallegos, Oscar Miranda, Eduardo Oyarse, Sixto Taberna, Pedro Espinoza, y nadadores como Rosario Torres, Juan Gutiérrez, Malinarich, Abel Jofré, Amancio y Víctor Monardes, y tantos otros de una larga lista de destacados y destacadas deportistas. Supimos de hazañas como el triunfo logrado por el equipo iquiqueño conformado mayoritariamente por morrinos que logró el campeonato nacional por equipo en la ciudad de Santiago el año 1961.

Pero no siempre todo era tranquilidad, y escuchábamos también otras historias, muy duras y como la mar inmensa que cambia su fuerza; como pasa en carnaval, empujó una tarde a la reventazón de la ola, la embarcación del Liceo Industrial que iba llena de pasajeros y estudiantes, rápidamente los nadadores que entrenaban en la antigua piscina Municipal, se lanzaron al mar a rescatar a un grupo de personas que flotaban y eran arrastrados por las olas a los bajeríos que allí se encuentran, se pudo evitar una tragedia de proporciones por las habilidades playeras y ribereñas de los jóvenes morrinos, como también supimos de la pena de un grupo de morrinos que tuvieron que ver a uno de los Gómez perderse en un “piquero” al vacío rocoso.

La playa
La Playa Bellavista, el Balneario Bellavista, los Baños Bellavista, lugar de clase que fue compartida por todos, independiente de su posición social, raza, nacionalidad, género, salud mental, un encuentro posible, solo en un Iquique sin dictadura y sin ZOFRI. En esas pasarelas de madera con olor a húmedo de los baños “Bellavista”, se entrelazaron historias de romances clandestinos, amores románticos que soñaron en armar pareja sin agresiones y sin violencia. A los sones de la música de la nueva ola, que sonaban en radios a pilas o en las “chanchas”, hicieron de la apacible vida de los 60s una época de oro, era el tiempo cuando a la playa se iba con camisa y pantalón y donde los baños Bellavista se levantaban como lugar obligado de “fiocas” y “peinetas”.

El balneario Bellavista fue el resort mediterráneo para los morrinos, las familias enteras se tomaban la playa en improvisados campamentos, toldos levantados con un par de palos, piolas y estacas y un fogón que ayudaba la “fritanga”, mientras los mocetes desplegaban sus virtudes a la vista de las bellezas del barrio, eran tiempos donde no habían salvavidas, eran los propios vecinos los que mantenían la playa segura, que más seguro que estar en el morro, cuidado por hábiles nadadores y waterpolistas.

Hoy es difícil que los jóvenes morrinos se imaginen esas tardes, una marejada terminó por hacer desaparecer los “baños”, la modernidad y la pesca indiscriminada cambió la fisonomía del litoral para siempre. Ya la “chicora” no se vara, ya no hay tardes a la caída del sol, donde un centenar de morrinos lanzaban sus chispas y anzuelos para sacar suculentas cabrillas y cabrillones, jureles y cabinzas a granel, que en un dos por tres desaparecían con la llegada del “brujo”, personaje odiado y querido a la vez. Hoy las tardes en la playa desprenden olor a parillas, mientras en las crestas de las olas “chelo” Faundez deslumbra con acrobáticas maniobras, que los han llevado a los mejores escenarios del mundo sin temor y sin aflojar.

Ritos de iniciación
Cuentan como mito o realidad, que cuando un hijo de morrino quería aprender a nadar, los viejos los lanzaban en medio de la posa de las bellavista, tremendo ejercicio de sobrevivencia que marca la clase de gladiadores que somos, que nacemos preparados para la mar, para enfrentar los tumbos y el oleaje, de sumergirnos hasta los bancos de locos y ostiones que pocos conocen, es esa formación para la lucha con el medio que ha levantado el carácter de las escuelas de natación, waterpolo, serf y bodyboard a través de toda la historia deportiva del barrio, no es posible otra forma, es un sello de machos, “sin llorar y sin aflojar”.

Pero no bastaba con aprender a nadar, la y el morrino tiene que ser agallado, y eso se forja a temprana edad; 8 o 9 años la primera prueba que había que sortear era llegar con la mar de llena a la cuadrada, (una roca de forma cuadrada que se encuentra a unos 30 metros de la orilla en la posa bellavista, que con la mar de llena, para los chicos más pequeños era toda una travesía). Luego y ya con las habilidades de haber superado el primer reto, y con poco más de 10 años, se debía de cruzar a nado desde la cuadrada hasta la “puntiaguda” (roca en forma de punta que estaba a unos 50 metros de la orilla), esta primera parte de las pruebas terminaba con el reto mayor, cruzar de la puntiaguda al cable, tramo corto pero no menos peligroso, dado que ese tramo estaba justo en la boca de entrada a la posa, por lo tanto recibía toda la fuerza de la mar que venía desde “el pepito”.

Hoy recorro esos mismos lugares nadando con mar llena y el mismo tramo lo cubro en dos brazadas y me alegro de recobrar esos ojos de niños, que nos hacían mirar esos tramos como pruebas de riesgo vital, porque cristalizaron un carácter, pero también una relación amable con las aguas de esta playa. La mar nos acepta en tanto reconoce en nosotros sus hijos y los hijos de los que por primera ves tocaron su abundante cabellera huiral deslumbrándose por su belleza.

Superada la primera parte, era hora de enfrentarse a la mar en su plenitud, pero para eso había que perfeccionar el nado. Los estilos se van acomodando por la práctica, que dibuja el cuerpo por el rigor de los entrenamientos de Amancio Monardes o su padre, praxis de una ética que nos puso en lo más alto del deporte acuático, legado que recorre la historia hasta nuestros días. Con esa preparación el reto ahora es rodear a nado los bajos, entrando en la posa Bellavista y saliendo en la Intendencia.

“Todos los días nos tirábamos en “cámara”, nos dábamos la vuelta grande y una vez llegamos hasta Cavancha”, cuenta Jaime Dupuoy, que junto a “Care dólar” y otros se arriesgaban a esas largas travesías para acortar la tarde del tedio de esos días de Iquique pre-zofri, de aquí a la travesía a nado y sin aletas que se realiza todos los veranos durante el carnaval hay solo una línea recta.

La Travesía
La Travesía a nado desde Cavancha al morro, es una prueba especial, para todos y todas que alguna vez se han atrevido a cruzar los 2.600 mtrs., que las separa, esta travesía es la prueba arquetípica de los morrinos, realizarla nos titula, nos da el diploma, el reconocimiento formal, porque después de todo, no es una prueba fácil, debes hacerla enfrentando tus miedos, estar solo frente a la inmensidad de la mar, moldearte en sus vaivenes y corcoveos, conjugar la respiración, la profundidad de la brazada, la apertura de los dedos, el ángulo de entrada de la mano, que antecede al codo y el hombro, respirar con el viento en contra, la briza suave pegándote de frente, pero luego el placer del control, y la alianza se concluye hasta la meta, hasta el final.

Los primeros 200 metros son de aguantar las atacadas de los otros nadadores, los amigos y familiares han quedado en la playa, están a la espera de que se despeje el grupo, que a lo lejos pareciera una “guajeadera” que se alza en brazadas fuertes y pataleo constante. Al dejar a tras los votes “cavanchinos” enfilamos para el morro, hay que preparar el curso, la orientación debe ser precisa, ni muy a fuera para que no te alejes de la playa, ni muy a la costa para que no te pille el oleaje, que para las travesías siempre sale a mirar, a saludar a estas y estos intrépidos nadadores de aguas abiertas.

Cruzar Cavancha es algo fácil, fuerza pura, a ritmo y buena respiración, pero eso rápidamente queda atrás cuando aparecen las primeras olas, “punta”, “mauro”, “Hurraca”, “Don Bosco”, nos desconocen y empujan, los bajos se levantan y nos miran con asombro, la brazada tiene que ser aun más fuerte y el pataleo debe ser alto, como cuando nadamos en las torpederas en Valparaíso y Amancio nos marcaba el ritmo con una vara, como en los tiempos de los romanos llamando a la embestida.

Esa rigurosidad nos llevó el año 1986 a levantarnos como los mejores en Chile en travesías de largo aliento, Juan Belmar, Héctor Ahumada, Claudio Vega, Juan Carlos Huerta y Sergio Martínez, nos consagramos campeones de Chile como equipos, la dedicación de ese torneo fue para las familias que habían perdido a sus seres queridos en la explosión de la industria de bombas Cardoen en Alto Hospicio, pero hablar de eso es otra historia de clase trabajadora.

Con tres partes de la carrera atrás, nos enfrentamos a las olas más peligrosas de todo el tramo, a unos 400 metros de la piscina Godoy, emergen olas de hasta cuatro metros, la respiración debe ser cada tres, para estar atentos a la hinchada de las mares que se levantan juguetonas, es ahora cuando los morrinos marcamos diferencia, sorteando sobre las crestas de las olas el mejor y más corto camino a la meta. La brazada es constante y profunda la respiración marca el ritmo, pero ya tenemos a la amura la intendencia, bajamos la ola y nos sumergimos en el submarino, los brazos de los salvavidas preparan la entrada, pero para los morrinos el camino siempre es otro, por el bajo, hacia “cacho paco”, luego la corriente submarina se encarga del resto. Velocidad pura en los 300 metros finales, las ultimas fuerzas y sin aflojar.

En la actualidad el nombre del Club Unión Morro, está presente en torneos nacionales e internacionales, y han sido reconocidos muchos deportistas con nominaciones a selecciones nacionales en distintas disciplinas acuáticas, para participar representando a Chile en torneos sudamericanos, Panamericanos y Mundiales.

El equipo de waterpolo del club es la base de la selección local, que ha logrado seis campeonatos consecutivos, disputado nueve finales y ganado siete, y así las viejas hazañas son cambiada por las nuevas. Exitosas travesías logradas en tierras foráneas, ganando en Caldera, Concepción, Santiago, Arica, Antofagasta, Valparaíso y en Iquique.

A los históricos nombres y apellidos se suman los de ahora, herederos que encarnan la tradición, Yáñez, Carrero, Henríquez, Petersen, Díaz, Busch, Faúndez, Belmar, Dupuoy, Martínez, Berrios, Sánchez, Torres, Arancibia han paseado el nombre del Morro y lo han puesto en un lugar de privilegio a nivel nacional, siete de estos son seleccionados nacionales que ha defendido al país en dos sudamericanos, y por primera vez un morrino dirige la selección chilena.

Emergen un grupo de mujeres morrinas, que encarnan esa misma pasión, Ayleen Hurtado, y las más jóvenes Génesis y Miyarai nietas de Rosa Tan, Paula Soto y Eva Quiñones, morrinas avecindadas en los distintos procesos de reestructuración habitacional y que se empapan de las tradiciones, de sus gritos y deportes. Contar la historia desde las mujeres morrinas es una deuda que hay que resolver rápidamente.

El grito que comenzó espontáneamente detrás de las olas, a causa del termino del carnaval, luego de meter el mono quemándose, replica en estos escenarios, se apodera de los pasacalles carnavalescos, de los tertulias en tarde enteras en la playa, en las finales contra nuestros archirrivales, “Unión Morro campeón del mundo”, gústele al que le guste.

Para concluir, y a modo de reflexión final, me pregunto qué hechos nos fueron formando en nuestra identidad pública, que no están aun revelados?, qué pasaba ayer y hoy en nuestros espacios más privados?, que nos murmuran hoy sometimiento y padecimiento. A ocurrido que a la explotación capitalista, digo yo, hubo sobrevivencia ribereña y el deporte fue nuestra consecuencia.

Somos marítimos, caleteros buenos para el agua, de seguro que sí, pero como parte de una compleja cadena de explotación de las y los asalariados. me pregunto con esto de ser morrinos, de nuestra morrinidad, en qué línea avanzamos en defensa de nuestra clase, de las y los explotados o nos hacemos los locos y miramos como se perpetúa la dominación y sufrimiento, que querámoslo o no, cada año tratamos de omitir, olvidar, sublimar, disfrazados, emborrachándonos, carnavaleando entre chayas y globos de agua.

Si hay un fin que se proyecte con éxito en la protección del patrimonio (que aporta en nuestra identidad), este tiene que ver con tomar conciencia de que es ser morrino, pero tomar conciencia de esto pasa necesariamente por hacer consiente la posición de clase y la posición de privilegio de género en la que nos encontramos, revertir esto y hacer que el barrio se empape de esto, es una tarea prioritaria, otro morrino lo tenía claro hace mucho tiempo, me refiero a Fredy Taberna Gallegos en ese camino y con ese legado debemos de encontrarnos hoy.

Sergio Martínez Gutiérrez
Lic. Trabajo Social
Mag. en Ciencias Sociales Aplicadas
Entrenador de Waterpolo del Unión Morro

 

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