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No es exagerado afirmar que el Norte Grande es una mujer. Decimos la costa, la pampa, la precordillera y la cordillera.

Todo en femenino. Salimos a la pesca, hacemos parir la tierra, nos metemos en la mina, vamos a la escuela, jugamos a la pelota, nos tomamos una cerveza. Nuestro habla popular está cargada de guiños femeninos. Nos ponemos en la espalda a la guagua, y decimos que la llevamos a tota. Cuando la mar está mala, es por que está “picá”. A la correa le decimos huasca y al agua mineral aún le llamamos Chuzmisa. El pampino en su domesticación del desierto nombró más en femenino que en masculino. A muchas oficinas salitreras, le puso nombre de mujer: Iris, María Elena, Victoria, La Coruña. Usó barretas, picota y abrió la tierra con dinamita.

Mujeres nuestras han agarrado universalidad gracias a sus quehaceres. Elena Caffarena luchó por el voto femenino; la María Monvel escribió bellas poesías, la Mistral la comparó con Juana de Ibarburú, entre otras. María Elena Gertner, construyó mundo dispares con sus novelas. Maruja Pinedo, nos encumbró con la pintura. En Iquique la poesía de Iris Di Caro y de Cecilia Castillo, se alzan como signos de una vitalidad arraigada en la tierra y en el mito; Milena Mollo juega a mezclar el pino oregón con los telares de data precolombina. Norma Petersen y Teresa Lizardi, con sus notas en el piano, le pusieron música a las tardes de la crisis iquiqueña. Al sur, Antofagasta encontró en Germana Fernández y en la Nelly Lemus, la rebeldía y la hospitalidad en días que parecían largas noches.

 

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