Si hay un pueblo en la pampa que tenga historia y leyenda, no cabe duda que es Pozo Almonte, a puertas del santuario de La Tirana, cuya existencia en el desierto agrio y sofocante arranca de lejanos tiempos, tan lejanos como aquellos en que el pueblo de Tarapacá, era la capital de esta apartada región del imperio de los incas.

Y en aquel pueblecito asentado en el fondo de la quebrada de este nombre, quedó patente el paso de los rudos conquistadores, como también fue grabado en el recuerdo, la hazaña inmortal de Eleuterio Ramírez. Y Pozo Almonte también recibió algo en aquello que quedó envuelto en el correr de los años en el polvo de la huella de los siglos…

Y como decimos, este pueblo tiene su historia y su leyenda como también unas noches magnificas, cuando la camanchaca no espera mucho, las estrellas polvorean su oro finísimo sobre el pueblo y entonces los vecinos en las puertas de sus casas tejen la charla de tantos recuerdos; de los pocos que aun quedan -muy pocos, por cierto- han visto pasar los años, los días y las horas buenas de la prosperidad, cuando cada hombre de esfuerzo con la carta mágica del empuje convertía terrones de nuestro fertilizante y en el pueblo bullía la vida y reinaban espinas y se chocaban las capas fraternales de la cordialidad de su gente, que aunque en el frio hacia sonreír por fuerza a "los chinitos" de los almacenes y "la música de las calaminas" con su crepitar era la orquesta que en el desierto estaba cantando a la vida; y de las bulliciosas oficinas del cantón salieron los mejor bailes que sobre la arena tostada del pueblo místico de La Tirana dibujaron caprichosos arabescos, como patinando la fe de los que fueron hasta allí portando la creencia espiritual ante el santuario.

Muchos años atrás vimos allá a los "morenos" de Carmen bajo, a los "chunchos" de Cala Cala y a los Coyaguayos de Buen Retiro; una visión inolvidable que aún esta prendida al corazón de aquel que por primera vez apuntó sus ojos en ese panorama multicolor nada más que por curiosidad…

pozo almontePozo Almonte es un pueblo dormido y en la decadencia de su grandeza y olvidado en el melancólico recuerdo de sus leyendas.

La Tirana tiene un santuario simbólico en todos los que han pasado por sus calles polvorientas, como también por aquel hecho guerrero que el año 1981, atronó el caserío apacible del pueblo. Allí el coronel Robles acompañado del coronel Soto, defendieron la causa del presidente Balmaceda contra las fuerzas que mandaba el general Estanislao del Canto, que representaba a los opositores, que tenían el gobierno provincial en Iquique y que una cabeza visible fue Don Isidoro Errázuriz.

También en esos años, de discordia entre chilenos, la leyenda tejió su telaraña fantástica…

El coronel Robles, en los días violentos de la lucha, alojó en minutos aciagos en un hotel de Estación Central. Un avance sorpresivo de las tropas opositoras, obligó a éste a abandonar el alojamiento; y allí quedó una gruesa suma de dinero que el "garzón" del hotel tomó para sí en esa noche de tribulación y que más tarde lo convirtió en dueño de la oficina y luego en millonario.

El coronel Robles murió valientemente defendiendo su causa y el dinero que era el pago de sus tropas, se convirtió en un tesoro y que durante mucho tiempo buscaron en la pampa, soñadores con entierros sin sospechosos y que todos no sabían que alguien se había apoderado de él; según también cuenta leyenda, aquellos visionarios creyeron encontrar el tesoro en dos o tres grandes maletas y muchos de ellos fueron a pedírselo a la Virgen del Desierto, cuando fracasaron sus tentativas de encontrarlo.

Sus calles polvorientas vieron pasar tardes y noches, a misteriosas caravanas…

Y cuando Pozo Almonte se convirtió en uno de los pueblos de la pampa mas prósperos, siempre la leyenda persistió sobre su espalda morena, donde aquellos viejos pioneros cimentaron nuestra riqueza salitrera y también la fábula y la leyenda dibujaron caprichosos signos misteriosos -como aquellos de los que hablaba Pierre Benolt en "La Atlántida" y que fueron la perdición del capitán Morange y del teniente Saint Avit- en las calles y pozos de aquel pueblo donde en un tiempo se sintieron estampidos de la dinamita en sus oficinas como la Palma, Buen Retiro, Cala Cala y Carmen Bajo. Recordamos haber visto el traje blanco de la creencia sentimental como también el materialismo esforzado de hombres de trabajo que lo respetaron y que usaban "cucalón" como decoración de sus tenidas blancas impecables y entre ellos estaban nombres tan conocidos en la pampa como Gastón Sdendellary, Manuel Riveros, Ignacio Canelos, Emilio Duchellard y otros, que dieron a Pozo Almonte, en algunos años de grata recordación, característica de un pueblo que trabajaba, pero que también reía y cantaba…

Hoy vive de todos estos recuerdos, viendo pasar suavemente las tardes frías de sus días monótonos y que una vez al año ve llegar a su santuario inmediato, el fervor cristiano de varias generaciones y donde las oraciones y cantos de los bailes, proyectan una pincelada de acuarela en el pueblo místico y secular del desierto.

Autor: Osvaldo Guerra 
Diario "El Tarapacá", 16 de Julio de 1950, p.3
Iquique, Chile